2 de septiembre de 2014

Reconocer y anunciar a Jesucristo significa cargar la cruz

Por: Presbítero Jsesús Aníbal Pérez Sánchez
El reconocimiento de Jesús de Nazareth como Mesías, único Redentor de la Humanidad, es algo, absolutamente, DIVINO: “Dichoso tú, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino el Padre que está en el cielo”; Santa Palabra dirigida a Pedro, y escuchada por todos (Mateo 16,13-20). Ya antes, Andrés había dicho a su hermano Pedro: «Hemos hallado al Mesías, que quiere decir el Cristo» (Juan 1, 41).
Reconocer a Jesús de Nazareth como Mesías, único Redentor de la Humanidad, es garantía de Salvación y Vida eterna, Como enseña San Pablo: “Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor, y si crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, has sido salvado” (Romanos 10,9). Mesías, en hebreo (mashiakh), en griego (χριστος) significa: ungido.
El ángel Gabriel anunció a María Santísima que su Hijo sería el Mesías, ungido de Dios para ser Dios con Nosotros. “…se llamará Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados” (Mateo 1,21). El mismo Jesús lo dijo a la mujer samaritana cuando ella comenta: «Yo sé que está para venir el Mesías, y que cuando venga, nos hará saber todas las cosas. Jesús respondió: Soy yo, el que contigo habla» (Juan 4, 25). También a Caifás, Jesús le dice que es el Mesías esperado (Marcos 14, 61).
Ahora bien, la DIVINA TAREA, la Gran Misión de Anunciar a Jesús de Nazareth como Mesías, único Redentor de la Humanidad, significa todo lo contrario, a aquello que, la mayoría de las gentes busca: Privilegios, honores, títulos, comodidades, reconocimiento, lujos y excentricidades.
La Gran Misión de Anunciar a Jesús de Nazareth como Mesías, único Redentor de la Humanidad, con el testimonio de la propia vida, y con la vida de las palabras, significa renunciar a sí mismo, negarse a sí mismo, ajustarse a la Divina voluntad del Padre que nos ama, cambiar los propios planes, terminar en contravía con los antivalores que se imponen, asumir las dificultades de ser un signo de contradicción, salir de las más humanas comodidades, perder la vida, “CARGAR LA CRUZ”.
“Entonces dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mateo 16,24).
(Aparecida, Mensaje Final número 2) “No temamos la cruz que supone la fidelidad al seguimiento de Jesucristo, pues ella está iluminada por la luz de la Resurrección. De esta manera, como discípulos, abrimos caminos de vida y esperanza para nuestros pueblos sufrientes por el pecado y todo tipo de injusticias. El llamado a ser discípulos-misioneros nos exige una decisión clara por Jesús y su Evangelio, coherencia entre la fe y la vida, encarnación de los valores del Reino, inserción en la comunidad y ser signo de contradicción y novedad en un mundo que promueve el consumismo y desfigura los valores que dignifican al ser humano. En un mundo que se cierra al Dios del amor, ¡somos una comunidad de amor, no del mundo sino en el mundo y para el mundo! (ver Juan 15,19; 17,14-16)”.
¡Nada fácil!... absolutamente, difícil de asumir con la debilidad propia de nuestra carne y de nuestros huesos. El facilismo es ajeno a la DIVINA TAREA que se nos ha encomendado: La Gran Misión Permanente, de Anunciar a Jesús de Nazareth como Mesías, único Redentor de la Humanidad.
Negarse a uno mismo, cargar la cruz, sufrir mucho, incluso por causa de quienes uno menos se imagina, “Jamás, Señor, eso no te puede suceder”. Somos bendecidos por el Señor, siempre estaremos bien, nada nos puede pasar, caerán a la izquierda mil y diez mil a tu derecha, los aleluyas nos hacen inmunes al sufrimiento, tentación satánica, estorbos en el verdadero camino de salvación, ideas que nunca ha enseñado el verdadero Mesías, único Redentor de la Humanidad, ideas que no son de Dios sino de los hombres que comercian con la Biblia, que se enriquecen ilícitamente predicando Evangelios de prosperidad.
Como enseña San Pablo: “La predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; más para los que se salvan - para nosotros - es fuerza de Dios” (1 Corintios 1,18). “En cuanto a mí ¡Dios me libre de gloriarme, si no es en la cruz de nuestro Señor JesuKristo...” (Gálatas 6,14).
“no se ajusten a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Romanos 12,2).
Les exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios. Tal es el sacrificio espiritual que debemos ofrecerle” (Romanos 12,1).
Y que es eso de ser “Hostia viva”: Hostia es una palabra del latín que significa “Víctima”; y Victima es el que sufre, el que es sacrificado. En el caso de la espiritualidad cristiana, la victima ofrecida, lo sacrificado; precisamente, por su sacrificio se vuelve sagrada. Sacrificio es lo que se vuelve sagrado, lo que se dedica, con exclusividad, a Dios.
Entonces, ser “Hostias vivas” es ser las víctimas, los que sufren, los que se sacrifican; nunca los victimarios, los que hacen sufrir, los que martirizan a sus hermanos.
Dios nos ha mostrado, en JesuKristo Mesías, su manera de pensar, su actitud ante la vida; y nosotros, para pensar y actuar, de manera agradable a Dios, debemos dejarnos seducir por él, enamorarnos de él, perdidamente; entregarnos a él, y solo a él, a ejemplo del profeta Jeremías; aunque se burlen de nosotros, aunque nos persigan con toda clase de sufrimientos: “...la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla, y no podía” (Jeremías 20, 7-9).
Que la Santísima María, cuyo corazón fue traspasado por el sufrimiento, interceda por nosotros, llamados a reconocer, y a Anunciar, de modo permanente, a su Hijo JesuKristo Mesías, enviado del Buen Dios, para salvarnos de nuestros pecados, de manera que al perder la Vida por JesuKristo, la conservaremos y la salvaremos; pues, “¿de qué sirve ganar el mundo entero (riquezas materiales mal habidas, títulos, honores, privilegios, etc.) si echamos a perder la Vida?... (Mateo 16,21-27). ¡Reflexionemos, iluminados por la Fe verdadera!...
Creo en Dios Padre…. en JesuKristo su único Hijo, nuestro Señor… Creo en el Espíritu Santo… Amén.

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