25 de febrero de 2014

Cómo se escribe bien


Experiencia de Ernest Hemingway


A sus 18 años, Ernest Hemingway (escritor estadounidense, 21 de julio 1899 -2 de julio de 1961) ingresó como reportero al periódico Kansas City Star, luego de escribir artículos diversos en la revista de su colegio. Allí practicó por espacio de varios meses el reporterismo callejero: cubría asuntos policiales, sucesos varios y entrevistas a famosos, entre otros asuntos noticiosos, lo cual era para él un ejercicio cotidiano. Y se especializó en redactar crónicas. De allí nació la dosis de violencia que se reflejaría muchos años después en la mayoría de sus libros.

Pero no fue apenas esa experiencia lo que contó para el escritor en ciernes, sino que en ese periódico de Estados Unidos se le inculcó también «una exigencia de estilo, que, pulida hasta la exasperación, sería la base de su prosa», según lo narra su biógrafo Baltasar Porcel. Este anota: «El director del periódico, Pete Wellington, exigía a los redactores que fuesen descriptivos, que ‘retrataran’ la acción por medio de frases directas, breves, apoyadas en los verbos y evitando los adjetivos, a no ser que fueran indispensables para definir algo».

Después de aceptar, asimilar y aprender esos parámetros Ernest Hemingway dijo que tales consejos habían sido «las mejores normas sobre el arte de escribir que aprendí en mi vida».

Lo anterior lo he traído a mención para equiparar la formación intelectual de algunos de los renombrados escritores que ha parido el mundo, con la de muchos redactores de diarios, estaciones de radiodifusión, revistas y periódicos de Colombia y otros países suramericanos. Muchos de los últimos han egresado de universidades o escuelas de periodismo; a ellas acuden durante cinco años (otros duran más tiempo, porque tienen que habérselas con la forma de salir de allí), para recibir conocimientos sobre el oficio de escribir noticias, o de contarlas a las masas humanas. Pero, para ser honestos, muy pocos logran ese objetivo; muy pocos matizan las teorías que les imparten, con el estudio de su idioma, el principal determinador a la hora de redactar cualquier nota, por simplona que sea. De ahí que hoy testimoniemos tanto descalabro idiomático en la presentación de las noticias de cada día.

Alguna vez platiqué brevemente con el decano de la Facultad de Periodismo de una conocida universidad de Bucaramanga, y le pregunté a bocajarro por qué allí no se ocupaban de corregir a los estudiantes (futuros periodistas) cuando cometieran errores de gramática, ortografía y puntuación. Para mi mayor sorpresa, el decano me reveló que no solamente no lo hacían, sino que no tenían en su pensum académico el área de gramática española. Y cuando le pregunté por qué sucedía tal descuido, me dijo, sin ruborizarse: «Porque se supone que esos estudiantes llegan a la universidad con buena preparación desde el colegio».

Lo refuté con esto: si esa tesis fuese válida, tendríamos que echarles la culpa a los maestros de primaria por tanto error de redacción que cunde entre los colombianos. Y como los maestros de primaria podrían defenderse, entonces también dirían que no enseñan la gramática española porque «se supone que esos niños van bien preparados desde sus hogares». Y cuando les preguntemos a sus padres por qué no les enseñan a conocer el idioma a sus hijos, ellos podrán zafarse diciendo que «se supone que Dios los mandó bien preparados a este planeta».

Como se nota, muchos se la pasan en una eterna «excusitis aguda», en un vano intento por justificar los vacíos en la enseñanza; lo que, dicho de otro modo, no es más que la mediocridad con que hoy se «forma» a los futuros profesionales (en todas las áreas del saber) en algunos claustros «superiores».

Lo grave de ese fenómeno lingüístico, al que tantas veces me refiero y me referiré, radica en que los errores gramaticales son transmitidos a lectores, televidentes y radioescuchas; se forma así una gran cadena sin intención, pero efectiva─ sobre la creencia de que cuanto lean y escuchen en esos medios periodísticos «es palabra de Dios». Nada más falso que esa premisa. Al contrario: esa es una de las mayores fuentes de deslucimiento y mal empleo del español. Eso fue lo que dio origen a mi campaña por el uso correcto de este idioma, hace casi diez años.

Valdría el esfuerzo de las universidades con Facultades de Periodismo para replantear sus programas académicos. Porque algo grave debe de estar pasando allá. Si así no fuese, los mejores redactores de noticias de América Latina serían los de Colombia.

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LA GARLOPA
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  1. «La propuesta levantó polvero». Expresión escuchada en un programa nacional de radio. En Cuba y Venezuela el término polvero significa ‘gran cantidad de polvo’. Pero en Colombia tal palabra aún no  tiene cabida en el diccionario. En cambio, sí se emplea polvareda que significa lo mismo: ‘Gran cantidad de polvo que se levanta de la tierra, agitada por el viento o por otra causa cualquiera’. Conclusión: la oración del ejemplo, en materia semántica, no levanta ni polvo.

  1. «...especialmente el famoso apartamentazo». Locución empleada para significar que en algunas ciudades los bandidos estilan asaltar apartamentos, y que a esa modalidad se la conoce como «apartamentazo». Como el término «apartamentazo» corresponde al lenguaje empleado por los hampones, es decir, a la jerga de los bajos fondos, no es recomendable emularlos en tales estilos orales entre la gente de lenguaje culto. Ahora bien, si el término fuese castizo significaría golpe asestado con un apartamento, lo cual es inverosímil. Porque las terminaciones en ‘azo’, generalmente, denotan efectos de una acción contundente con algo o sobre algo (manotazo, pelotazo, tortazo, balonazo...).

  1. «Retomamos nuevamente la información». Esta locución es pronunciada por casi todos los presentadores de televisión en Colombia. Es redundante, porque retomar es tomar de nuevo, o por segunda vez, algo que había quedado en suspenso o suspendido. Y nuevamente, significa otra vez. Caben, entonces, dos alternativas para evitar tal redundancia: «Retomamos la información»; o también: «Abordamos nuevamente la información». Pero no aquellos dos vocablos en forma simultánea.

  1. «Son detallitos pequeños». Expresión semejante a la anterior. También existe redundancia en ella. Si detallitos es el diminutivo de detalles, sobra advertir que esos detalles son pequeños. El diminutivo da, con precisión, la idea de pequeñez. Aunque en algunos casos, ciertamente, el diminutivo denota expresión de cariño, de aprecio: Amorcito, corazoncito, cariñito, etcétera. Ese, repetimos, no es el caso del ejemplo. Son detalles pequeños para tener en cuenta a la hora de hablar y escribir. O detallitos que tiene el idioma cervantino. 


  1. «Cállesen, córrasen, sálgasen...». Mientras dedicamos un artículo especial a hablar de los pronombres proclíticos y pronombres enclíticos, anotamos de los términos en cita: comúnmente se incurre en tales irregularidades lingüísticas al agregarse una ene (n) al final de algunos verbos con pronombre ‘se’ como sufijo. Es un error. Muy notorio, por cierto. Se evita si la persona que duda de cómo expresarse formula primero (puede ser mentalmente, por ejemplo) una oración imperativa: Quiero que se callen, quiero que se corran, quiero que se salgan. De lo que podrá preguntarse: ¿Qué es lo que quiero? (Que se callen). Y lo dirá imperativamente: ¡Cállense! Así con los demás verbos: ¡Córranse!, ¡sálganse! Viéndolo más sencillamente, la ene (n) que antes estaba de intrusa al final del verbo pasa a «sentarse» precedida del pronombre personal se. Este toma ahí el nombre de enclítico.
POR: JAIRO CALA OTERO

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